Reseñas

SOBRE ARTE. REFLEXIÓN EN 2016

Autorretrato frente al mar
Autorretrato frente al mar

 

En estos tiempos es del todo complicado ponernos de acuerdo sobre el significado del arte –como si éste fuera un universal-, su alcance en la cultura, en el poder, en la educación y sobre todo, nos es difícil admitir los puntos de vista diferentes al nuestro acerca de lo que es, por lo que el diálogo se complica. En un mundo cultural global y complejo en el que las expresiones que se reclaman como artísticas son tan dispares y en el que cada vez tienen más importancia el mercado, las galerías, los curadores y la crítica de los medios de comunicación, el aficionado al arte se encuentra a menudo desorientado y escéptico respecto a las nuevas propuestas artísticas.

Arte y belleza son dos términos ligados hasta hace pocas décadas. Era arte aquella expresión que nos hacía sentir una emoción y que expresábamos con términos ligados al concepto de belleza. La belleza era el gran don que nos regalaba la naturaleza exterior en nuestra propia naturaleza interior. El arte imitaba, en eso, a la misma naturaleza. Paso previo para todo artista es que sintiera la belleza tanto del mundo natural como la del cuerpo humano. ¿Sin la idea de belleza el arte es artilugio, ingeniosidad, ocurrencia? El arte ha de conmover, después explicarse. Aquel arte que se basa en un concepto sin el cual la obra carece de valor y sentido, puede ser discutido en su valor y sentido como arte. Y perdonen la redundancia.

Es reivindicar esa voz antigua en la que el arte era sustancia, relato, emoción. No discurso como intermediario entre la obra y el espectador. El artista y su obra tienen que comunicar y ser suficientes por sí mismos. No lo tienen que hacer otros, aunque siempre sea interesante e importante la asistencia de alguien entendido o de una guía escrita. No hay más que pasearse por algunos de los museos del paseo del Prado de Madrid para entender esto. Cómo algunos tienen largas filas de visitantes para acceder a él y sentir una experiencia estética, mientras algún otro, en cambio, cada vez está más frío y solitario.

Valgan estos previos para dialogar un poco sobre lo que yo hago. Y el desaparecido medio telegráfico –que ahora se reinventa en WhatsApp, Twitter y demás-, puede valer:

– No buscar la belleza formal, sino la fuerza expresiva de la belleza.

– Existe la belleza de la naturaleza, en formas y cromatismos de la vida, con sus paisajes, seres vivos… Y hay otra belleza que crea el poeta, el artista, el músico, el bailarín… Esta belleza puede llegar más hondo que la que encontramos en la naturaleza y que nos viene por ella regalada. Además, no olvidemos que es más difícil esculpir un rostro que cultivar una lechuga. O dicho de otra forma con palabras de Simone Weil, hay más sabiduría en las palabras que en los tomates.

– Pero el arte no puede ser sólo la representación de la belleza. El arte no ha de permanecer ajeno a la realidad social, económica y cultural en la que nace. Y siempre tendrá, como mínimo, el valor de la dignidad el arte que nos explicita el dolor, la injusticia, la desigualdad… El arte que es denuncia o expresión de lo humano va más allá de las estrictas coordenadas del arte y así hay que admitirlo y aceptarlo. Pero no toda denuncia es artística, aunque utilice ese cauce.

– Toda expresión artística ha de tener un argumento, un discurso que lo sustente, explique y cohesione. Pero no todo argumento –por muy bien explicado que esté- se convierte en obra de arte. Quizás el principal problema del arte contemporáneo –más allá de la definición de lo que este es-, es que prioriza el discurso. Duchamp rompió moldes sobre el arte y discursos previos, algo que, afortunadamente,  sirvió para abrir nuevas vías en el arte. Pero también ha servido para justificar como arte meros discursos acompañados subsidiariamente de producciones donde alternan inteligencia y mediocridad sin que a veces la frontera esté muy clara. En el arte matérico esta confusión no suele ocurrir.

– Un discurso es un ejercicio de la razón, no una obra artística en sí. Al haber convertido el arte en discursos y ser éstos argumentos lo más brillantes posible para convencer al club de entendidos y coleccionistas, se ha entregado el arte a los críticos, curadores y mercaderes. Son discursos culturales convertidos en poder económico, pues el valor en el arte no es ahora la belleza o el talento sino la economía.

– El valor de una obra ya es el de un producto de culto económico y representación de poder. Sólo así se entiende que un Damien Hirst valga varias veces más que un Botticelli en el mercado.

– Encontrar la fuerza de las pequeñas manchas, de las líneas expresivas, de lo que se sugiere, es parte de la identidad que quiero en lo que hago.

– La figura humana, blanca, porque es una escultura en el lienzo. Pero en dos dimensiones y con un contexto explícito en el propio cuadro.

– La figura humana carecería de valor en una obra si no fuera por la emoción, pensamiento o contexto cultural que pueda despertar o evocar.

– Cada cuadro es un autorretrato, una de las caras que el artista se inventa, una posibilidad de ser, un acto de auto creación y auto curación. Una de las formas de espantar a la muerte.

– Algunos nombres para tener en cuenta: Jaume Plensa, Matt Manders, Barceló, Anselm Kieffer, H. Voth, H. Craig Hanna, Jan Fabre, Igor Mitoraj, Genovés… Y entre los que forman parte de la historia: Picasso, Tapies, Miguel Ángel, Louise Bourgeois, Saura, De Kooning, Caravaggio, Goya,  etc.

Las palabras ayudan a entender el mundo. El arte, a gozarlo. Y en eso estamos.

M. Rafael Sánchez

 

  

SOBRE PINTURA

 

“La cuestión es que quien se proponga ahondar en la pintura se pregunte directamente: ¿cómo lograr la máxima expresividad en mi trabajo?. En ese momento surgen las formas” decía Franz Kline acerca de su pulsión al realizar sus obras. Entendido el arte como pulsión, como indagación, como expresión, como creación, la obra puede ser considerada como si el resultado se adecua o no a la energía y la idea que lo impulsó. Los materiales, el soporte, la dimensión se relacionan entre sí, dialogan, se funden y son el medio, el proceso que quiere hacerse fin, idea, en fin, su terminación.

Porque puede ser un cuadro, una instalación, una escultura, una fotografía el cauce elegido. Pero siempre la idea que no ha de ser olvidada durante el proceso de elaboración, la palabra que a veces hace su aparición en la obra, el impulso que deja sus huellas tal como lo hace el oso en el árbol para marcar su territorio, la emoción que es gesto que quiere mirar desde el cuadro al espectador y que éste a su vez vea sus rasgos y, en ellos, tenga un poco del arrebato que al creador mueve. Porque hacer visible una idea, una emoción, es un acto de creación, es imitar a los dioses, a la fuerza primera que originó las cosas, la vida, este mundo tan hermoso.

Louise Nevelson declaró que “siempre quise mostrar al mundo que el arte está en todas partes y sólo precisa el filtro de una mente creativa”. La causa que motiva a la realización de la idea puede ser discursiva o impulsiva. Hay obra que quiere ser un revolcón a la conciencia de quien la ejecuta y de quien la contempla. En mi caso cuadros como La última mirada o Der(s)echos Humanos se enmarcan claramente dentro de un arte social de denuncia. Hay otras miradas, como la que parte de una dimensión poético mitológica relacionada con la vida, con su belleza, con su respeto sagrado y que conforman otro grupo con obras como Fertilidad, Maternidad o Diosa madre protectora.

Hay artistas cuyas obras no sólo se ven. Se contemplan, se admiran, se interiorizan y transforman. La fuerza del trazo de Tàpies con unos materiales propios de otro oficio, la riqueza expresiva y evolutiva de Barceló, la melancólica grandeza explícita de Anselm Kieffer, el dramatismo protector de Louise Bourgeois, la perfección del volumen y la línea de Chillida o Richard Serra,  son referencias, mojones en mi trayectoria expresiva. Son impulsos que animan a la creación, al acto sagrado, divino del arte.

Tàpies afirma que Mi ideal sería curar a un enfermo poniéndole un cuadro en la cabeza. Puede sonar pretencioso, pero no lo es. Si el arte no fuera así, no tendría sentido para mí. Obras como Meditación, El cielo protector o Contemplación, se adhieren a esta intencionalidad. El color, la textura, el espacio, la línea, el volumen, es una llamada, una invitación a quien contempla el cuadro para que entre en él y se funda en el mismo olvidándose del propio sí.

El fin de lo sagrado,

El fin del arte,

El fin de la cultura,

Es transformar la mente,

Es abrir los ojos,

Es gozar los sentidos,

Es superar la condición mortal.

 

M. Rafael Sánchez

 

Del arte de dialogar con la materia, por José Antonio Navarro

Co-razón de materia, abre la muralla, , por Julio Flor

Poema de José Luis Sánchez